Todo el mundo sabía que allí había una fosa común”, relata Pepe. Todos callaban. Más de 70 años después, Ricardo Suárez recuerda bien aquel verano de 1937. Él era un chaval de apenas 10 años. Paseaba de noche con su perro, cuando vio un brazo saliendo de la tierra. De vuelta a casa se tragó el miedo y se lo contó a su padre. Él y otros hombres del pueblo salieron de noche para reenterrar a los fusilados con carretadas de piedra. Luego, a casa y bien callados, que dar sepultura a un rojo era un pasaporte para la otra vida. Y el domingo, a misa. Que nadie sospechara que solo comulgaban en apariencia. El cura, sabedor de cuanto ocurría en el pueblo, terminó así la homilía: “Qué malos serán esos rojos que no los quiere ni la tierra”.
